La madre de Laura del Val no dice te quiero. Y por eso nos hace gracia, aunque no se lo hagamos saber.
Laura del Val es una cómica de Burgos que se ha hecho viral retratando a su madre, y con ella a toda una tradición: la de esas familias castellanas donde el cariño existe con intensidad pero se comunica mediante un táper de lentejas y, en ocasiones muy señaladas, un «majo». El público se ríe, bien por extrañeza, bien por reconocimiento. Yo soy de los segundos. Me reconozco frente a este sistema monetario estepario, a la vez que alabo su funcionamiento impecable.
Mírelo con frialdad de balance. Emisión de elogios: mínima. Respaldo de cada unidad emitida: total — décadas de madrugones, comidas, preocupación muda —. Resultado: cada palabra vale una fortuna. El hijo que recibe el «majo» sabe que ha ocurrido algo extraordinario, igual que los mercados sabían leer los silencios del Bundesbank. Esa señora no ha tenido que recurrir a un rescate verbal en su vida, no ha inflado jamás la masa afectiva para contentar a la parroquia, y por eso su palabra conserva un poder adquisitivo intacto. En la otra punta del sistema está el like: emisión ilimitada, coste de impresión cero, respaldo ninguno. Afecto fiat. Y con la emisión ilimitada llega lo que tenemos, a ratos, desde Weimar: la hiperinflación. Si el aplauso se fabrica con el pulgar desde cualquier lugar, hacen falta cientos para sentir lo que antes hacía sentir una palmada en la espalda, y millones para lo que hacía un «estoy orgulloso de ti» dicho mirando a los ojos.
Esto está medido, que no es poco tratándose de sentimientos. Un equipo de la UCLA hizo resonancias a adolescentes y observó que ver muchos likes bajo una foto activa el núcleo accumbens — el circuito de la recompensa — y que los chiguitos valoraban más una imagen cuantos más likes traía puestos, fuera cual fuera la imagen (Sherman et al., Psychological Science, 2016). La denominación del billete importaba más que el billete. Como en todo buen sistema monetario.
Otro estudio, de Columbia e Inria, encontró que en torno al 59% de los enlaces compartidos en Twitter nunca fueron abiertos por quien los compartía (Gabielkov et al., 2016). Seis de cada diez aplausos se emiten sin haber visto la función.
Machado, que es el hombre que mejor ha mirado nunca a Castilla, dejó el diagnóstico escrito hace un siglo: todo necio confunde valor y precio. Nuestro tiempo ha conseguido degradar hasta el aforismo, y la enmienda que nos corresponde es menor y humillante: todo necio confunde valor y aprecio — un aprecio que se mide en likes y cotiza, precisamente por su abundancia, a cero —. Que la corrección a la era digital estuviera esperando en el poeta de la meseta, la misma que cría madres de pasión reclusa, empieza a no parecer casualidad.
Detrás de la intuición hay teoría, y le dieron un Nobel. La teoría de señales tiene dos versiones fundacionales y las dos cuentan lo mismo. La del biólogo es la cola del pavo real: Amotz Zahavi observó que una cola así es un estorbo carísimo — pesa, brilla, atrae depredadores — y que precisamente por eso funciona como señal (The Handicap Principle, 1997; sin traducción al castellano, que ya es decir). Solo un pavo genuinamente sano puede permitirse el despilfarro; el enclenque que intentara fingirla moriría en el intento. La del economista es de Michael Spence, 1973: el título universitario informa al empleador no tanto por lo aprendido como por lo que cuesta obtenerlo — años, esfuerzo, renuncias que el candidato flojo no paga —. Distinta fauna, idéntico teorema: la información de una señal viaja en su coste. El «majo» castellano es la cola del pavo real — a esa mujer, criada en la sobriedad de la meseta, el elogio le cuesta un esfuerzo casi físico, y por eso cuando lo emite el mensaje llega con solvencia de lingote suizo —. El like es un título que regalan en la puerta. No es que la gente de las redes aprecie menos que las madres de Burgos; es que su aprecio no puede demostrar nada, porque no le cuesta nada.
Visto el teorema, la degradación general se explica sin villanos, y me permito ajustar una cita de la vez anterior. Cuando hablamos de Netflix invocamos la ley de Goodhart; la formulación canónica es de Marilyn Strathern, antropóloga de Cambridge, que estudiando las auditorías universitarias británicas la dejó pulida para la posteridad: cuando una medida se convierte en objetivo, deja de ser buena medida (European Review, 1997). El like nació midiendo el aprecio y acabó sustituyéndolo. Y sobre su ruina opera la más vieja del arsenal, la ley de Gresham: la moneda mala expulsa a la buena. Cuando el aplauso barato circula a espuertas, el elogio caro se retira del mercado — ¿para qué escribir tres párrafos explicándole a alguien por qué su trabajo importa, si un corazón rojo cumple el trámite? — y cada vez es más difícil saber quién le aprecia a usted de verdad. Aunque la moneda buena, como el oro, no desaparece: se atesora. Pregúntele a cualquier castellano dónde guarda los «te quiero» de su padre. Sabe la cifra exacta, la fecha y el contexto de cada emisión. Eso no es frialdad. Llámelo como desee, exponerlo hace gracia porque es tierno.
Los mercados llevan un siglo resolviendo este mismo problema — separar la señal costosa del ruido gratuito — y sus soluciones le sonarán. Las palabras de un consejero delegado en la presentación de resultados son likes: optimismo de emisión ilimitada. Que ese mismo consejero compre acciones de su empresa con su dinero es un «majo» castellano: le cuesta, luego informa. Y la señal costosa por excelencia la conoce esta comunidad hasta el punto de llevarla en el nombre: el dividendo. La teoría de señales entró en las finanzas por esa puerta — un dividendo creciente sostenido durante décadas no se puede fingir, porque se paga en efectivo, trimestre a trimestre, con caja verdadera —. Una empresa puede prometer, presentar y comunicar sin límite; repartir, solo lo que tiene. El dividendo es la tartera de lentejas del capitalismo: ningún glamur, ninguna palabra bonita, toda la información.
Queda una deuda con el deli. La escena de Sally funcionaba porque en aquella mesa alguien sabía la verdad: Harry tenía delante la prueba del fingimiento, y aun así la señora de al lado pidió lo que ella estaba teniendo. Llevamos treinta y cinco años riéndonos de esa señora y hemos acabado siéndolo — pidiendo a botón limpio lo que otros fingen tener, en un comedor donde nadie recuerda ya a qué sabía el plato original —. Pero la escena admite otra pregunta: qué habría hecho la madre de Laura del Val en esa mesa. Yo creo que lo sé. Habría mirado el espectáculo por encima de las gafas, habría seguido con su menú sin pedir nada, y a la salida, ya en la calle, le habría dicho a su hija — en voz baja, sin testigos, con el gesto de quien firma un documento — que la comida estaba «bien». No necesitaría explicar nada más, y en esa ausencia de explicación está la prueba que faltaba.
Las hiperinflaciones acaban todas igual: la gente abandona el papel y huye hacia el activo que ninguna imprenta alcanza. En el aprecio, ese activo es el tiempo. Un like cuesta cero segundos; una visita, una carta, una tarde entera cuestan lo único que nadie puede emitir. El oro del banco central de esa madre no está en lo que dice — nunca estuvo ahí —: son los años pasados al pie de la misma mesa, acumulados en una cámara que no visita nadie. Como los bancos centrales de verdad: ninguno enseña sus reservas. Basta con que se sepa que están.
