En 1978, uno de los rascacielos más avanzados de Nueva York estaba lleno de gente cuando su ingeniero descubrió algo que nadie quería descubrir: bajo determinadas condiciones, el edificio podía tener un problema estructural serio.
El Citicorp Center acababa de inaugurarse en Manhattan. Era elegante, audaz y técnicamente admirado. Debido a una iglesia situada en una esquina del solar, la torre no podía apoyarse como un edificio convencional, así que William LeMessurier diseñó una solución extraordinariamente ingeniosa.
Todo parecía funcionar.
Hasta que una pregunta menor obligó a revisar los cálculos.
¿Qué ocurriría si el viento no golpeaba una fachada de frente, sino dos caras del edificio al mismo tiempo?
La respuesta fue bastante peor de lo esperado. Algunas cargas eran mucho mayores de lo previsto y ciertas uniones habían sido construidas con pernos en lugar de las soldaduras contempladas inicialmente.
El edificio estaba terminado. Estaba ocupado. Y se acercaba la temporada de huracanes.
Durante semanas, equipos de soldadores entraron de noche para reforzar la estructura mientras miles de personas regresaban cada mañana a trabajar sin saber que, unas horas antes, alguien había estado intentando asegurarse de que su oficina siguiera en pie.
Lo extraordinario no es que un gran ingeniero cometiera un error. Eso ocurre.
Lo extraordinario es lo que vino después.
LeMessurier tenía todos los incentivos para racionalizar el problema, minimizarlo o convencerse de que la probabilidad era suficientemente pequeña. Su reputación estaba dentro de aquel edificio casi tanto como el acero.
Pero hizo algo mucho más difícil: permitió que nueva información cambiara una convicción antigua.
Y ahí está la parte que me interesa.
Nos gusta pensar que el peligro aparece cuando no sabemos suficiente. Sin embargo, algunos de los mayores riesgos nacen después de haber tenido mucho éxito, cuando la experiencia empieza a parecernos una garantía y confundimos que algo haya funcionado con que hayamos entendido todas las razones por las que funciona.
Una estructura puede ser extraordinariamente resistente frente a todos los vientos que hemos previsto y sorprendentemente frágil frente a uno que nunca se nos ocurrió medir.
Lo mismo sucede con muchas decisiones.
La pregunta incómoda no es «¿por qué creo que tengo razón?».
Es otra:
¿Desde qué dirección tendría que venir el viento para demostrar que estoy equivocado?
He pensado bastante en esa pregunta preparando el nuevo episodio de Actualidad Semanal +D.
No porque hablemos de rascacielos, sino porque esta semana ofrece varios ejemplos fascinantes de compañías, estrategias e inversores que parecen fuertes por razones que, vistas desde otro ángulo, también pueden hacerlos más frágiles.
No voy a contar cuáles.
Prefiero que escuchéis el episodio y decidáis por dónde nos viene el viento.
️ Actualidad Semanal +D — *La misma apuesta con quince disfraces*

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