Inundación

La inundación tiene mala prensa. La prensa, por su parte, tiene bastante de inundación, así que quizá el reproche sea mutuo y la partida acabe en tablas.

No es difícil entender el miedo. Piense en la palabra y verá agua donde no debería haberla: cultivos arrasados, coches flotando calle abajo, el orden convertido en barro. La inundación es la fuerza que sobra, la que llega sin pedir permiso y se lleva por delante lo que usted había planeado.

La era de la información ha convertido esa estampa en rutina matinal. Cada día amanece con su crecida de titulares, análisis, gráficos, vídeos y alertas, y llamarlo «consumo de información» es generoso: nadie bebe de una manguera a presión. Con suerte, aprende a encajar el chorro.

En inversión el fenómeno es idéntico, sólo que con olor a perfume caro, a zapatos encerados, a traje de cuatro cifras y a pelo engominado. Resultados trimestrales, previsiones de recesión, previsiones de no recesión, bancos centrales, expertos que explican por qué el mercado ha caído y expertos que explican por qué en realidad ha subido —a veces el mismo experto, y ni siquiera hacen falta semanas—. Kahneman recoge en Pensar rápido, pensar despacio el ejemplo canónico: la mañana en que capturaron a Sadam Husein, los bonos del Tesoro subieron y el titular explicó que subían por la captura; media hora después el precio se dio la vuelta, y el titular corregido explicó que bajaban… por la captura. El mismo hecho explicando una cosa y su contraria antes de comer. Cada dato parece exigir una reacción inmediata, y la mayoría de los errores financieros nacen exactamente ahí, de intentar responder a cada ola.

Y sin embargo, algunas de las soluciones más elegantes que han encontrado la ingeniería militar, la agricultura y —enseguida llegamos— el ahorrador de a pie consisten en algo aparentemente absurdo: usar la fuerza que amenaza como mecanismo de defensa. En dar la vuelta a la manguera a presión y usarla para despejar el camino enfangado.

Los neerlandeses lo entendieron hace siglos. Cuando venía un ejército invasor no siempre levantaban murallas; a veces abrían los diques —ya sabe lo que me gustan los canales y los diques— e inundaban sus propios campos. El agua convertía el terreno en un pantano imposible de cruzar. Lo que para cualquier otro pueblo habría sido la catástrofe se volvía la fortificación sin que el agua hubiera cambiado en nada.

La indexación se le parece más de lo que aparenta. El inversor corriente intenta protegerse del ruido filtrándolo, analizándolo o —la variante más cara— respondiendo a él mejor que los demás. El indexado hace algo más radical: acepta que el ruido existirá siempre y diseña un sistema donde da igual. La crecida sigue ahí; simplemente ya no tiene por dónde avanzar.

Los arrozales llevan la misma lógica un paso más allá, y aquí conviene un mínimo de agronomía. El riego por inundación —el riego «a manta» de toda la vida— es la técnica más antigua que existe: se nivela el campo, se abre la acequia y se deja que el agua lo cubra todo. Comparado con el goteo moderno, que sirve a cada planta su ración exacta, parece un despilfarro de otra época, y en la mayoría de cultivos lo es. Pero el arroz es el caso donde el aparente despilfarro resulta ser el truco. No se cultiva inundado porque necesite tanta agua, sino porque sus competidoras no saben crecer sumergidas: la lámina de agua no alimenta sólo al arroz, ahoga las malas hierbas. Esa agua aparentemente desperdiciada está, en realidad, haciendo guardia. Las aportaciones periódicas, la diversificación o la propia indexación funcionan así. No son estrategias especialmente sofisticadas —esa es, de hecho, la crítica habitual—, pero crean un terreno donde las malas hierbas psicológicas no prosperan: la sobreoperación, la necesidad de tener razón, la tentación de adivinar el próximo movimiento. Los impulsos siguen ahí, claro, pero les cuesta mucho encontrar terreno donde agarrar.

Y luego está el Nilo, donde la historia da una vuelta más, porque los egipcios no se defendieron de su inundación: le pusieron fecha, dios y fiesta.

La crecida anual funcionaba como calendario —el año egipcio empezaba por ajet, la estación de la inundación—. El agua dejaba tras de sí una capa de limo fértil sin la cual no había cosecha, y con los siglos aprendieron que prosperar allí pasaba, sobre todo, por organizar la civilización alrededor de la crecida. Llegaron a construir nilómetros, pozos con escalas talladas para medir cuántos codos subía el agua. No calculaban con exactitud la crecida del año siguiente, eso era pedir demasiado; lo que acumulaban eran siglos de comportamiento del río. El agricultor egipcio no sabía qué pasaría mañana, pero tenía un modelo comprensible del sistema en el que vivía. Con la lectura del nilómetro se fijaban hasta los impuestos del año. No se me ocurre mejor manera de ilustrar que un Estado se fía de una estadística.

Y usted, querido partícipe, ya habrá hecho la traducción. No sabemos cuándo llegará la próxima caída, ni qué titular disparará el próximo pánico, ni cuál de los expertos acertará esta vez. Pero conocemos el río bastante bien: el nilómetro del inversor se llama serie histórica, lleva más de un siglo de codos tallados y puede consultarse gratis. Sabemos que habrá crecidas, que algunas serán violentas, que cada cierto tiempo parecerá que se derrumba todo. Vendrán locos con silicio y cohetes, negacionistas de cualquier asunto, miles de «esta vez es diferente». Pero sabemos que, históricamente, la fertilidad ha llegado justo después de esos episodios.

Por eso desconcierta tanto, visto desde fuera, que los inversores veteranos reciban las caídas con esa tranquilidad sospechosa, casi de fiesta de la cosecha. No celebran la destrucción. Celebran el limo: las mismas aportaciones compran más terreno fértil que el mes anterior. En según qué foros, al fenómeno se le llama, con toda la falta de solemnidad del mundo, «las rebajas».

Queda una última vuelta, y la tenía guardada el diccionario. Abundancia viene del latín abundare: desbordarse, salirse el agua del cauce. Comparte raíz con unda, la ola —la misma que inunda—. En el origen de la palabra, la abundancia no es lo contrario de la inundación: es su consecuencia. Los egipcios lo sabían sin necesidad de etimologías, y el partícipe que aporta cada mes mientras llueven titulares, también. La diferencia nunca estuvo en el río, sino en la relación que cada uno construye con él. Ellos, para mantenerla, necesitaron un dios, una fiesta y un cuerpo de sacerdotes midiendo codos; usted, bastante menos épico, la sostiene con una orden periódica de compra. El río no nota la diferencia.

Comentarios Destacados

  1. Le veo inspirado. En sus últimos artículos hay unas cuantas metáforas que me parecen excelentes.

    Hay actitudes y formas de actuar que sin duda ayudan a evitar ciertos errores. No obstante la mayoría de los temas psicológicos tienden facilidad por complicarse y al final, si uno no va con cuidado con ciertos comportamientos, terminan igualmente por encontrar su caldo de cultivo.

    Por ejemplo con la indexación hay que no olvidar que se suele tratar de una elección de compromiso, no la mejor que luego sólo se pueden conocer a posteriori. Y el inversor indexado consciente de ello suele terminar con grandes resultados pero los que igual se lanzan excesivamente al monte con la apariencia de protección que ofrece terminan con problemas parecidos a otras opciones.

    Tenemos 2 ejemplos bastante recientes de problemas que han ocurrido con carteras supuestamente indexadas. La renta fija de largo plazo en 2022 y el bitcoin en estos últimos meses. No porque el problema sea la indexación sino por la capacidad de otros y de nosotros mismos de convencernos sobre argumentos que parecen casar con cosas razonables pero que difíclmente cuadran con otros que queremos como guía.
    Que la renta fija de largo plazo sufre en cierto tipo de escenarios no debería de ser ninguna novedad o que cargar de un activo que ha funcionado tremendamente bien en un escenario muy alcista igual supone un plus de riesgo superior al que nos dejan ver los datos.
    El problema no es la renta fija a largo plazo o incluso el bitcoin, el problema es no constatar bien la aplicación de ciertos argumentos creyendo que algunas palabras ofrecen protecciones que no pueden ofrecer.

    La renta variable indexada sigue siendo renta variable, por poner un ejemplo fácil.

    Está clara la capacidad del ruido de hacer desviarnos del plan y de la necesidad que parecen sufrir muchos de interpretar los efectos de cosas que no suele ser nada fácil de hacerlo.
    No obstante no creo que esté clara la definición de ruido y hay quien termina creyendo que es simplemente ruido cosas que tienen un transfondo superior. O que quizás no podamos interpretar sus efectos, especialmente sus efectos gordos, no significa que no pueda tener capacidad de provocarlos.

    En largos mercados alcistas termina pasando lo que comentaba Shiller que los inversores que básicamente han vivido esos mercados se terminan pensando que sólo existe el tipo de correcciones que han vivido, aquellas donde el mercado apenas un año después a lo sumo, ya ha recuperdao la caída.
    En esos mercados uno se acostuma a las justificaciones de como hechos muy graves y peligrosos apenas han sido una breve interrupción en el discurrir positivo y apenas han tenido relevancia a toro pasado.

    Sin embargo hay otros sucesos parecidos que sí que terminan consiguiendo tener unos efectos mucho más graves. Y es que lo complicado suele saber conocer dichos efectos ante sucesos que nos pueden parecer de entrada muy similares.

    Ver las caídas como oportunidad en lugar que como desgracias es algo que curte enormemente a nivel psicológico. Es aglo que todavía recuerdo de inicios de 2009 y una de las razones por las que tengo un aprecio especial a Paramés.
    No obstante creo que también a veces se cometen errores por exagerar las virtudes de ciertos comportamientos u olvidarse que están mucho más condicionados por circunstancias de lo que creemos.

    Por ejemplo eso de comprar en rebajas suele ser mucho más fácil hacerlo en fase de acumulación que de reparto y cuando uno no tiene problemas por ejemplo de trabajo, que tienen tendencia a correlacionar mucho con los caídas de los mercados.

  2. Mil gracias Jordi, creo que la clave es que ya ha pasado la época de exámenes. El cerebro desconecta un poco y — por temas sinápticos que no entraré a detallar— me funciona mucho mejor. Además he podido asistir a un minicurso de verano que me ha inspirado mucho.

    Cualquier simplificación que haga en estos escritos es errónea. Hace bien en remarcarlo, porque siempre se necesita. No lo digo con ningún dolor ni falsa humildad: la vida lo requiere. Por eso suelo andarme más por las ramas que por el suelo, porque está minado.

    Casi todo acaba llevándonos al manido “tradeoff” , al compromiso que usted menciona. Esto quizás sea cosa de mi inspiración neuronal, pero considero que lo mejor no existe. Filosóficamente otro tema que me apasiona es la perfección porque no hay definición, y por tanto es posible que no exista. Pero todos sabemos lo que es. En inversión me parece que pensar en “lo mejor” como hermano de algo perfecto es muy ingenuo. Siempre será lo mejor para alguien, es decir, su compromiso ideal en ese momento, con esa información.

    Ahí entra mi recurrente necesidad de buscar metáforas para representar esa dualidad: información - ruido. Porque el ruido, como bien apunta, se manifiesta de maneras distintas a lo largo del tiempo, como esos largos mercados alcistas. En publicidad se entiende bien cuando de vez en cuando se vuelve a poner de moda hacer un anuncio sin sonido, para capturar atención con el puro silencio. Ese silencio, también es ruido, en el sentido de que su objetivo es capturar una atención que no le pertenece a cambio de algo no solicitado. No obstante, pocos lo llamaríamos ruido, por su pura naturaleza silenciosa.

    Sobre las rebajas, comparto su opinión al completo.

  3. Y se acabó la historia y el ruido con sólo este párrafo :sweat_smile::rofl:.

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